La Comedia Política en el Senado
El Senado mexicano no es un lugar para los débiles de corazón. Y mucho menos para los que esperan encontrar debates profundos, reflexivos o propuestas serias. En realidad, lo que tenemos ahí es un escenario lleno de actores, donde lo importante no es lo que se dice, sino cómo se dice. ¡Y, por supuesto, cómo se grita!
¿Han notado cómo cada sesión parece un programa de concurso, con los senadores compitiendo por el micrófono, a ver quién tiene el discurso más impactante, o el más absurdo? Claro, todo esto aderezado con unos toques de teatro de la época dorada del cine mexicano: mucho drama, pero poca trama.
Hace poco, durante una discusión sobre las reformas laborales, un senador subió a la tribuna con el tono grave y solemne de un actor de telenovela. Entre sollozos y exclamaciones, logró captar toda la atención del Senado. Y no precisamente por sus ideas, sino por su capacidad para generar una ovación tras cada intervención. Al final, los “proyectos” de reforma ni siquiera llegaron a ser votados. Pero ¿quién recuerda eso cuando se tiene un show de esta magnitud?
Y no podemos olvidar a los que realmente hacen del Senado un verdadero circo: los que interrumpen sin cesar, lanzan acusaciones como si fueran pelotas de tenis y convierten cualquier tema en una cuestión personal. ¿El tema? Lo de menos. El debate real es sobre quién puede “apuntar” más fuerte. ¿Y el resultado? El país sigue esperando una reforma seria mientras estos “actores” siguen jugando su papel.
Es claro que la política mexicana está más cerca de un guion de comedia absurda que de una narrativa seria. Pero, como siempre, nosotros, el público, somos los que sufrimos el espectáculo. Y aunque a veces queremos aplaudir o reír, lo cierto es que el circo tiene consecuencias reales en nuestras vidas.
(homenaje a su estilo único de crítica política)