GermanDehesa.com

Homo sapiens chatgepetis

Por Estilo inspirado en Germán Dehesa · 7 de diciembre de 2025

Resulta, mis muy estimados y dilectos lectores, que hemos alcanzado la cima de la civilización. ¡Aleluya y redoble de tambores electrónicos! Ya no es necesario que nuestros jóvenes se fatiguen en el penoso arte de la redacción ni en esa antigualla respetable llamada “pensamiento crítico”. Todo eso viene hoy predigerido y elegantemente servido por un tal Chat-Ge-Peto, o alguna otra de las nuevas deidades tecnológicas cuyo nombre parece conjuro de mago con antenas.

Me entero por fuentes fidedignas —los videos de TikTok que mis nietos me ponen frente a los ojos mientras yo intento leer a Borges— que ya hubo maestros, almas cándidas, que renunciaron a su vocación. ¿La razón? Sus alumnos entregan tareas tan impecables que harían palidecer al mejor Octavio Paz en uno de sus días de inspiración astral. Pero, ¡oh, sorpresa!, el verdadero autor de esas proezas literarias no es el estudiante, sino un programa que no duerme, no discute y no exige aguinaldo.

Y el maestro, todavía instalado mentalmente en el siglo XIX, se ofende. ¡Qué falta de visión! ¿Acaso no percibe el progreso cuando lo tiene enfrente? El joven no es un copión: es un gestor de recursos. Un pequeño empresario de sí mismo. Un visionario que comprende que el trabajo del futuro no consiste en hacer, sino en mandar a hacer.

Estamos, pues, ante la aparición de una nueva especie: el Homo sapiens chatgepetis, criatura orgullosa que tal vez ya no piense por cuenta propia, pero ¡cómo produce textos! Ensayos, poemas, cartas de amor, disculpas formales, solicitudes de trabajo y hasta renuncias que jamás sintió. El porvenir es brillante para la minoría que todavía disfruta de unir dos ideas propias sin auxilio de silicio. Para el resto, la gran mayoría, se aproxima la era de los nuevos esclavos felices: humanos más lentos, sí, pero perfectamente satisfechos con sus respuestas instantáneas y sus cerebros bien descansados.

La ironía —diría Borges desde su eternidad austera y razonable— es la última dignidad de los seres humanos. Y parece que es lo único que nos va quedando ante este espectáculo tragicómico donde la máquina escribe y el alumno bosteza. “Sálvese quien pueda”, murmura un amigo que siempre llega tarde pero piensa rápido.

Yo, por lo pronto, me voy a tomar un café, ese placer prehistórico que aún disfruto sin que una IA me indique si la cafeína mejora o hunde mi performance diario. Mientras me quede eso, y un poquito de ironía, seguiré defendiendo el derecho fundamental de pensar… aunque sea de vez en cuando.

— Estilo inspirado en Germán Dehesa
(homenaje a su pluma irónica y culturalmente juguetona)