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El Circo del Senado: Más Actores, Menos Contenido

Por Estilo inspirado en Germán Dehesa · 12 de noviembre de 2025

Hay días en los que uno se siente como espectador de una función de circo en la que los payasos no se maquillan, los malabares son los discursos y las acrobacias, los bloqueos legislativos. Así, sin más, me quedé viendo la última función del Senado, donde lo único que faltó fue el elefante de truco para ponerle más drama a la escena.

El Congreso mexicano se ha convertido en un escenario digno de una telenovela política de esas que dan a las tres de la tarde, esas que uno ve sin querer, mientras espera que empiece La Rosa de Guadalupe en la tele de al lado. Ayer, un par de “artistas” —con todo y su respectivo ego— subieron al ring de la tribuna, como si estuvieran participando en un duelo épico digno de Gladiadores, solo que, en lugar de espadas, empuñaban discursos vacíos y puntos de orden que jamás llegaron a ser.

Primero fue Noroña, armado con su verbo inflamado, al estilo de los antiguos oradores griegos, claro, si es que los griegos hubieran tenido Twitter y un micrófono. ¿Su mensaje? Irrelevante. ¿Su tono? El de siempre, la mezcla perfecta entre rabia contenida y necesidad de atención, cual estrella de rock en decadencia. No quiero decir que no tenga sus momentos de brillo, pero en un país donde los problemas de fondo se apilan como las facturas en la oficina, no sé si un grito de guerra es lo que necesitamos. ¿Una reforma fiscal? No. ¡Un grito de ¡Viva la lucha social! parece ser la consigna.

Luego, entró al escenario Lily Téllez, con su estilo igualmente inconfundible. Se trató de una actriz consagrada, capaz de interrumpir con la elegancia de un toro en una tienda de cristales. Ella no necesitaba micrófono; su interrupción era tan feroz que hasta los cables temblaron. Su rol en esta comedia política: la defensora del orden, la valiente que alza la voz ante la barbarie del populismo. Al final, más que debate, tuvimos una exhibición de quién puede hablar más fuerte, sin importar si el contenido tiene sustancia o si se está legislando sobre algo que le sirva a alguien más que a ellos mismos.

Entre tanto ruido y tan pocas propuestas, uno no sabe si aplaudir el show o llorar por la triste realidad. Y es que, mientras ellos se tiran tomates (metafóricamente, claro), el pueblo —ese público mudo que paga el boleto sin querer— se queda atrapado entre el espectáculo y la desesperación. Lo que pasa en ese circo tiene consecuencias en nuestras vidas: ya sea en nuestras finanzas, en nuestra educación, o en la seguridad que tanto anhelamos.

¿Y quién sale ganando al final del día? No el país, desde luego. Lo que gana es la atención mediática, el protagonismo, y la siempre lucrativa publicidad personal de cada uno de esos payasos del Senado. Pero lo que no vemos en la pantalla es el costo de mantener este circo: el país sigue sin reformas, las leyes se quedan en el limbo y el futuro de millones de mexicanos se decide en esta función interminable.

A este paso, propongo que, en lugar de llamar a esta “sesión”, la bauticen como una nueva temporada del Gran Circo Mexicano. Lo que se ofrece es mucho show y poco contenido. Eso sí, las acrobacias son dignas de admirar.

Si de verdad tuviéramos algo de respeto por la política, habríamos retirado la función hace mucho tiempo. Pero no, ahí seguimos, los mismos de siempre, esperando que el próximo acto venga con menos circo y más pan.

— Estilo inspirado en Germán Dehesa (homenaje a su estilo único de crítica política)