Apocalipsis Fiscal: La Constancia, la Cédula y la Burocracia en Llamas
Domingo 15 de Diciembre de 2025
Mi lector valiente, de esos que ya no confían ni en la luz eléctrica porque temen que la factura sea más difícil de conseguir que la iluminación misma:
Hoy escribo desde el rincón más oscuro de la desesperación ciudadana. Desde el lugar donde los PDFs pesan como ladrillos, donde las contraseñas parecen acertijos masónicos, donde la Constancia de Situación Fiscal se vuelve un documento tan sagrado que si lo pierdes, Dios te manda un correo del purgatorio.
PRIMER ACTO: EL VIAJE AL INFIERNO DIGITAL
Intenté descargar mi Constancia.
El portal del SAT me recibió con un mensaje que parecía escrito por Kafka en colaboración con Lovecraft:
“Error en el servidor. Por favor, llore en otro momento.”
Uno espera. Uno sigue esperando. Uno envejece. Uno empieza a cuestionarse decisiones de vida: ¿estudiar? ¿casarse? ¿tener hijos? ¿haber confiado alguna vez en la autoridad?
Finalmente, aparece la Constancia. Ahí está, gloriosa, un PDF de 23 páginas que resume tu vida fiscal con la precisión de un verdugo medieval. Y pegada al final, como un recordatorio cruel de que incluso el regalo viene con condición, la Cédula de Identificación Fiscal.
LA CÉDULA: EL HÉROE INFRAVALORADO
Breve, clara, no pide sacrificios, no requiere peregrinación digital, no amenaza tu cordura.
El SAT mismo dice:
“Use esto para entregarlo a empresas, empleadores y demás inquisidores corporativos.”
Pero el mundo real es cruel: la empresa no lo acepta.
Mira la Cédula con ojos de cartón mojado:
“Necesitamos la Constancia completa.”
El ciudadano entra en un estado de desesperación digna de tragedia griega.
Piensa en su vida:
- Los impuestos que paga,
- Los trámites que soporta,
- Las horas de espera,
- La salud mental que pierde.
Y concluye:
“Todo esto para entregar un dato que ya es público… ¡pero que nadie sabe manejar!”
SEGUNDO ACTO: HUMOR NEGRO EN ESTADO PURO
El sistema nacional parece una parodia maligna:
- Los PDFs pesan más que tu dignidad.
- Los sistemas piden información que ni ellos entienden.
- Los empleados preguntan cosas imposibles.
- Y los ciudadanos… bueno, los ciudadanos somos sacrificios voluntarios en este altar tecnológico de locura.
Uno piensa en suicidios administrativos:
“Si tiro mi computadora por la ventana, ¿me sanciona el SAT o me da un recibo de deducción?”
Los correos automáticos del SAT se leen como epitafios:
“Su trámite ha sido rechazado. Sus lágrimas han sido registradas.”
TERCER ACTO: EL VIAJE DEL CIUDADANO HARTO
El ciudadano ya no es ciudadano.
Es gladiador, funambulista, acróbata, exorcista.
Entrega la Cédula, enfrenta la mirada inquisitorial de la empresa, y recibe la sentencia:
“Necesitamos la Constancia completa… aunque no sepamos qué hacer con ella.”
Uno quisiera gritar. Uno quisiera incendiar todo. Pero no. Uno escribe columnas. Columnas que duelen, que queman, que son el último refugio del sentido común.
CUARTO ACTO: LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y EL HUMOR NEGRO FINAL
El SAT presume de Inteligencia Artificial.
Yo miro la página y veo la AI con cara de robot cansado:
“Detecto factureras. No detecto sentido común.”
Imaginen la escena: el país entero esperando que alguien, algún funcionario, tenga el valor de presionar un botón y liberar a los ciudadanos de su martirio fiscal… y nadie lo hace. El botón existe. Está ahí. Pero nadie lo encuentra. Porque, claro, el sistema está diseñado para que nadie encuentre nada útil jamás.
CLIMAX: EL ENCUENTRO CON LA TIENDA
Ayer fui a pedir una factura.
Entrego la Cédula.
La empleada la mira como si estuviera viendo al Diablo.
La acaricia.
La huele.
Y me dice:
“¿Y la Constancia completa?”
En ese instante juro haber visto el espíritu de Dehesa aparecer, con cara de gato enojado, murmurando: “No la golpees. Golpea la columna. Hazla sangrar con la verdad.”
EPÍLOGO: FURIA DOMINICAL
Así termina la columna doble dominical: - El ciudadano humillado, - El sistema intacto, - La Cédula ignorada, - La Constancia deseada, - Y el sentido común desaparecido.
Solo queda escribir, gritar, ironizar. Solo queda recordar que la burocracia puede matar la paciencia, pero nunca podrá matar la palabra… al menos mientras existan columnistas con pluma afilada y humor negro.
(homenaje a su pluma irónica y crítica)